El canto del arpista ciego

 


El cantar del arpista ciego

Soy ciego; ¡Oh, Gran Interf, pero sin vista
sentí pasar la vida tan fugaz:
permite que la cante, soy arpista,
no dejes de gozar su brevedad.

¿Acaso tus ancestros perduraron?
Están en sus pirámides. Reposan
los nobles en sus templos enterrados...
¿acaso permanecen? ¿de qué gozan?

Sus tumbas bellamente construidas,
sus momias decoradas tan macabras,
sus casas tan hermosas derruídas...
tan solo sobreviven sus palabras.

Los bienes de Imhotep ya se han perdido,
Del sabio Hardedef no queda nada;
sus libros, a lo sumo, han pervivido;
su cuerpo es solo polvo en su morada.

Del resto nada queda, ya es olvido,
tan solo una pared donde se labra
su historia que pasó, que se ha vivido:
su cuerpo no estará cuando las abran...

No vuelve ser alguno de la muerte
no pueden relatar lo que allí vieron
¿Quién sabe más allá cuál es su suerte?
¿Qué pueden confesar, si no volvieron?

No calma al corazón que nos alerten
que un día llegará, que moriremos.
Disfruta del momento, hasta que inerte
te marches sin saber a donde iremos.

Tu espíritu obedece cuanto puedas
saber del más allá no nos conviene
disfruta de la vida que aquí queda:
al fin vamos allá, más nadie viene.

Perfuma con ungüentos tus mejillas,
con lino vístete, no languidezcas.
Rechaza el vivir cual pesadilla,
evita que el placer se desvanezcas.

Accede a tus deseos al momento
y goza tu destino en esta tierra
y llega bien colmado de contento
al día en que el sarcófago se cierra.

Que sea una fiesta cada día,
no cedas a la pena ni al hastío:
Si mueres esos bienes se habrán ido
no los conservarás por más que ansías.






El Canto del Arpista grabado en la tumba de Paatenemheb


Sejemra-Herhormaat Intef (Intef VII) en su sarcófago. Uno común debido a su muerte prematura que no permitió construir uno lujoso como correspondía a su realeza.

Sejemra-Herhormaat Intef (Intef VII) fue un faraón que reinó a caballo entre el Primera y el Segundo período intermedio del Antiguo Egipto, entre los años 1593 y 1588 a.C. sobre el Alto Egipto con capital en Tebas. Perteneciente a la XVII dinastía, tuvo que convivir con el dominio hicso del Bajo Egipto, gobernado por Apofis I, faraón de la XV dinastía. Serían sus sucesores los que vencerían a los hicsos, dando comienzo al Imperio Nuevo.

A su muerte fue enterrado en la necrópolis de Dra Abu el-Naga. Sin embargo, en su corto reinado de apenas cinco años (solo unos meses según otros investigadores) no le dio tiempo a preparar ni su sarcófago ni su tumba, por lo que hubo que usar un sarcófago común, no de los utilizados habitualmente para la realeza. Tampoco hubo tiempo a preparar para él un ureo, el emblema protector en forma de cobra usado por los faraones.

El sarcófago «prestado» del faraón Intef (a la izquierda en la imagen) | foto Gary Todd en Wikimedia Commons

Dos siglos y medio después murió Paatenemheb, un alto funcionario de la época de Akenatón (1353-1336 a.C.). Cuando los arqueólogos descubrieron su tumba en Amarna y en la capilla funeraria encontraron grabado en sus paredes un hermoso y extraño poema junto a un dibujo de un arpista ciego. Se le conoce por ello como el Canto del Arpista, y en su primera línea se afirma que el texto está copiado de la tumba de aquel rey Intef.

Es por tanto el texto más antiguo de un tipo de composiciones que aparecen en tumbas, estelas y papiros, siempre junto a dibujos de arpistas ciegos, por lo que se cree que eran cantados con acompañamiento musical en los rituales funerarios y otras ocasiones. La función de estos poemas y canciones era intentar tranquilizar al dueño de la tumba sobre su destino después de la muerte, a modo de alabanza. Sin embargo, el Canto del Arpista en la tumba del faraón Intef es extrañamente escéptico y pesimista.


Una de las muchas traducciones del Canto del Arpista dice así:

(Este es el testamento del excelente soberano de destino maravilloso)

Las generaciones se desvanecen y desaparecen, otras ocupan su lugar en el tiempo de los ancestros.

Los dioses que vivieron antaño reposan en sus pirámides. 

 Los nobles y los bienaventurados están enterrados en sus tumbas.  

Habían construido casas cuyo emplazamiento no existe ya. 

 ¿Qué ha sido también de ellos? 

He oído las palabras de Imhotep y de Hardedef (1) que se citan en proverbios y han sobrevivido a todo.

 ¿Qué ha sucedido con sus posesiones?

Sus muros se han desplomado, sus dignidades han desaparecido como si no hubieran existido nunca.

Ninguno vuelve de allá abajo que nos cuente cuál es su suerte, que nos cuente lo que necesitan, y tranquilice nuestro corazón hasta que nosotros lleguemos a ese lugar donde ellos ya han llegado.

Que tu corazón, pues se apacigüe. El olvido te es favorable.  Obedece a tu espíritu por tanto tiempo como te sea posible.

Unge tu frente con mirra, vístete con lino fino, perfúmate con las maravillas verdaderas que forman parte de la ofrenda divina.

Aumenta tu contento para que tu corazón no languidezca.

Sigue tu deseo y tu felicidad, colma tu destino sobre la tierra.

No expongas tu corazón a la inquietud hasta el día en que te alcance la lamentación fúnebre. 

Aquel cuyo corazón está hastiado no oye su grito. Y su grito no salva a nadie de la tumba. 

Haz, pues, del día una fiesta, y no te sientas harto. 

Mira, nadie lleva consigo sus bienes. 

Mira, ninguno vuelve de los que se han ido.


Una versión escrita de este poema se conserva a su vez en el famoso Papiro Harris 500, en el Museo Británico, que pertenece a  una colección de canciones de amor.

NOTAS: 

(1) En el el poema se menciona a Imhotep, el ingeniero y arquitecto que ya era un personaje mítico en aquella época, y también a Hardedef (Hordyedef), cuyas Instrucciones o Admoniciones son las más antiguas conocidas y están datadas en el siglo XXV a.C. Ambos eran recordados como sabios diez siglos más tarde en el Canto del Arpista.

(2) Parece que fue costumbre durante muchos siglos cantar este tipo de coplas en los banquetes (lo asegura Heródoto tras su visita a Egipto). Este texto en concreto es el más antiguo conocido de este género de composiciones, conservadas en las tumbas, estelas y papiros, que se interpretaban con acompañamiento musical en banquetes y fiestas, incluidos los banquetes funerarios. En “Historia” (II, 78) nos narra que: “En los festines que celebran los egipcios ricos, cuando terminan de comer, un hombre hace circular por la estancia, en un féretro, un cadáver de madera, pintado y tallado en una imitación perfecta y que, en total, mide aproximadamente uno o dos codos, y, al tiempo que lo muestra a cada uno de los comensales, dice: “Míralo y luego bebe y diviértete, pues cuando mueras serás como él”. Eso es lo que hacen durante los banquetes”.

(3) Este canto es sumamente extraño pues, contradiciendo las creencias religiosas de la época, desconfía abiertamente de la existencia de un Más allá (motor de gran parte del gobierno, la vida y construcciones del Antiguo Egipto). Aquí la nuerte es tratada de forma pesimista «Nadie viene de allá para decir lo que es de ellos» y anima a vivir la vida lo mejor posible con un hedonismo revolucionario en aquellos momentos: La vida es corta y hay que disfrutarla. Es una especie de Carpe Diem muy antiguo.


(4) El autor muestra desesperanza además de descreimiento. La desesperanza es un sentimiento común en más escritos de la época puesto que Egipto vivía momentos de crisis. Sin embargo el hedonismo que predica es único y resulta insólito que el faraón permitiera que se inscribiera en su tumba un texto que niega la vida eterna.

(5) La canción del arpista fue rebatida en una tumba tebana del Imperio Nuevo: «Yo he oído aquellas canciones que están en las tumbas de otros tiempos y las cuales hablan magnificando la existencia en la tierra y despreciando el país de los muertos. ¿Pero por qué hacer así en los resguardos del país de la eternidad, justo, correcto y privado de terror?»

(6) Imnoteph (Imutes) fue un erudito egipcio polímata, sabio, inventor, médico, matemático, astrónomo y el primer ingeniero y arquitecto conocido en la historia. Sumo sacerdote de Heliópolis, fue chati del faraón Necherjet Dyeser (Zoser), y diseñó la Pirámide escalonada de Saqqara.
Dyedefhor , u Hordyedef, fue un posible faraón  o corregente de la dinastía IV de Egipto c. -2525 a. C. a 2524 a. C. que  gozó de gran fama como sabio y adivino, y es considerado por la tradición el autor de la plegaria del Libro de los Muertos y de las Instrucciones de Hordyedef.

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La necrópolis de Amarna donde se encontró la tumba de Paatenemheb La imagen muestra el sitio arqueológico de Tell el-Amarna (o Amarna), la antigua capital de Egipto construida por el faraón Akenatón a mediados del siglo XIV a.C. Amarna, originalmente llamada Ajetatón, fue una ciudad innovadora dedicada al culto del dios Sol, Atón.
El sitio es conocido por sus numerosas tumbas, muchas de las cuales quedaron sin terminar tras la muerte de Akenatón y el posterior abandono de la ciudad. Se ubica en la ribera oriental del río Nilo, frente a la pequeña localidad de Bani Omran, en la región del Egipto Medio. La ciudad fue abandonada poco después de la muerte de Akenatón, alrededor del 1336 a.C. El área es célebre por su estilo artístico único y por el cisma religioso de breve duración que inspiró.

Esta es otra de las muchas traduciones realizadas de este cantar obra de la egiptóloga y arqueóloga francesa Miriam Lichtheim. en su influyente obra Ancient Egyptian Literature: Volume I: The Old and Middle Kingdoms (1973) La versión en español que presentas es una traducción directa de su interpretación al inglés, ampliamente difundida en portales de literatura y egiptología en español. :

Una generación pasa y otra perdura

Desde el tiempo de los antepasados.
Los dioses que se han manifestado en otros tiempos
Descansan en sus pirámides.
Los nobles espíritus, igualmente,
Están sepultados en sus tumbas.
Los que han construido edificios
Cuyos emplazamientos ya no existen,
¿Qué ha sido de ellos?

¿Dónde están sus tumbas?
Sus muros han caído,
Ya no existen sus tumbas.
Es como si nunca hubieran existido.
No hay difuntos que vuelvan del más allá
Y que cuenten su estado
Y que cuenten sus cuitas
Y que aplaquen nuestro corazón
Hasta que nosotros lleguemos
Al lugar donde ellos han ido.

¡Alegra, pues, tu corazón!

Pon mirra sobre tu cabeza,
Vístete de finos ropajes
Perfúmate con perfúmenes exóticos, propios de un dios.
Multiplica tus placeres.

Transcurre feliz el día y no desfallezcas.
Mira, nadie se ha llevado sus cosas consigo;


Mira, nadie ha regresado jamás.



Y esta otra es atribuída en el ámbito hispanohablante al escritor y docente uruguayo Hyalmar Blixen, (especialista en literaturas antiguas) y es muy utilizada en manuales de literatura universal debido a su claridad rítmica y fidelidad al sentimiento de "fugacidad" (carpe diem) que define al poema.


“Generaciones y más generaciones desaparecen y se van,
otras se quedan, y esto dura desde los tiempos de los Antepasados,
de los dioses que existieron antes
y reposan en sus pirámides.

Nobles y gentes ilustres
están enterrados en sus tumbas.
Construyeron casas cuyo lugar ya no existe.
¿Qué ha sido de ellos?

He oído sentencias
de Imuthés y de Hardedef,
que se citan como proverbios
y que duran más que todo.

¿Dónde están sus moradas?
Sus muros han caído;
sus lugares ya no existen,
como si nunca hubieran sido.
Nadie viene de allá para decir lo que es de ellos,
para decir qué necesitan,
para sosegar nuestro corazón hasta que abordemos
al lugar donde se fueron.

Por eso, tranquiliza tu corazón.
¡Que te sea útil el olvido!
Sigue a tu corazón
mientras vives.

Ponle olíbano en la cabeza.
Vístete de lino fino.
Úngete con la verdadera maravilla
del sacrificio divino.
Acrecienta tu bienestar,
para que tu corazón no desmaye.

Sigue a tu corazón y haz lo que sea bueno para ti.
Despacha tus asuntos en este mundo.
No canses a tu corazón,
hasta el día en que se eleve el lamento funerario por ti.

Aquél que tiene el corazón cansado no oye su llamada.
Su llamada no ha salvado a nadie de la tumba”.

“Hazte, por tanto, el día dichoso,
y no te canses nunca de esto.
¿Ves?, nadie se ha llevado sus bienes consigo.
¿Ves?, ninguno de los que se fueron ha vuelto”.



ANEXO: Descripción del lugar y relieves donde aparece este poema

Muro de "El arpista"
Vemos una pareja sentada, representada en una estatura heroica, con un sacerdote frente a él que dedica ofrendas y una orquesta en la que se destaca un arpista ciego.

La pareja
La calidad del trabajo en la piedra caliza que se enfrenta aquí es notable. Vemos a Paatonemheb y su esposa Tipuy, aislados en el nivel superior del pecho, sentados en dos asientos respaldados. Ambos están vestidos de lino fino y bellamente plisado. El largo taparrabos del hombre baja casi hasta los tobillos, revelando las sandalias que usa en sus pies.
Tipuy agarra el brazo de su esposo. Este último tiene en su mano derecha un paño plisado y el mango de un cetro. Su mano izquierda se extiende sobre una mesa de pedestal en la que aparecen comida, jarras y flores de loto. A los pies de las sillas, dos chicas anónimas, probablemente las hijas de la pareja, se sientan en cojines.

Detrás del sacerdote, hay un grupo de cuatro músicos sentados con las piernas cruzadas. Dos tocan la flauta y otros dos al frente tocan instrumentos de cuerda, un arpa y una especie de banjo. El arpista también canta, y Roland Tefnin piensa que es lo mismo con su compañero, pero este no me parece el caso.

El arpista
El arpista está notablemente esculpido y la luz del día en sus rizos muestra que el alivio es muy profundo, el efecto más claro. Con la cabeza echada hacia atrás, los labios entreabiertos, y el texto del poema sobre él confirma que es él quien declara la canción de Antef de la que hablamos anteriormente. Su aspecto exterior está totalmente de acuerdo con su función: una túnica grande y plisada y una prestigiosa gordura atestiguan su éxito social, mientras que el extraordinario trabajo en la cara, donde las protuberancias de los huesos del cráneo que se alternan con huecos subrayan la edad del músico, con una vieja mirada sabia. El ojo es admirable, un rayo de luz entre dos párpados hinchados, da testimonio de su ceguera.



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